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TRATAMIENTO
Y PENSAMIENTOS CONTRA LA ANSIEDAD
Ansiedad,
es uno de los
problemas emocionales más frecuentes de nuestros días en
los países desarrollados. Se calcula que hasta un 20% de
personas sufre alguna forma de ansiedad patológica que
requiere tratamiento: fobias, trastornos de pánico,
ansiedad generalizada en forma de inseguridad y
aprensión constantes, síntomas físicos como mareos,
ahogos, dolores de cabeza,etc.
¿Cómo se
explica este incremento tan notable en una sociedad -la
occidental- que ha alcanzado unas altas cotas de
progreso técnico y de riqueza? ¿No es una paradoja que
el incremento del bienestar material tenga la ansiedad
como sorprendente «compañera de viaje»?
Las
causas de la ansiedad:
Lo cierto es
que vivimos en un mundo de contradicciones: el llamado
«estado del bienestar» que cubre muchas necesidades
sociales básicas, desde la asistencia sanitaria hasta la
jubilación, pasando por subsidios de invalidez, paro,
etc. Sin duda, esto es un gran avance y debemos aplaudir
los esfuerzos de los gobiernos por proteger, en
especial, a los más débiles.
Sin embargo
la realidad es obstinada: cuanto más tenemos, más parece
aumentar la ansiedad. ¿Será verdad, como alguien ha
dicho, que la ansiedad es mayor cuando tenemos mucho que
perder?
Los factores
sociales, sin duda influyen. Sin embargo, a nuestro
entender, la clave no radica tanto en una sociedad
mejor, a lo cual no renunciamos- como en prevenir muchas
de las situaciones generadoras de ansiedad. Para ello no
basta con un «mundo mejor», sino que es necesario un
«hombre nuevo». La comprensión plena de la ansiedad
requiere ir más allá de lo social a lo personal. El
problema de muchas personas hoy no es sólo el miedo a
perder algo o alguien, sino que ya lo han perdido. Un
porcentaje alto de trastornos de ansiedad está causado
por relaciones rotas, divorcios, problemas familiares,
muros de separación entre personas que antes se
amaban...
La
fragilidad de las relaciones personales, la crisis
descomunal de fidelidad y compromiso y el individualismo
actúan como una poderosa fuente de ansiedad.
¿Por
qué?
Eliminan de
raíz su antídoto por excelencia que es la seguridad
personal y que se origina en el sentido de
pertenencia mutua, de arraigo comunitario y de
significado en la vida. Su ausencia pone en marcha un
proceso de incertidumbre y de inseguridad en cuanto al
futuro que desemboca finalmente en estados de
ansiedad patológica.
No
obstante, la enseñanza bíblica nos lleva un paso más
allá. A los factores sociales y personales necesitamos
añadir un tercer elemento generador de ansiedad. La
sensación de seguridad existencial y de una vida con
sentido proviene, en último término, de la relación
personal con Dios. Cuando ésta se rompe, el ser humano
experimenta miedo. El relato de Génesis nos describe
este hecho de forma bien elocuente.
¿Cuándo
aparece por primera vez el miedo en la Historia? Justo
después de que Adán y Eva han decidido independizarse de
Dios: «...oí tu voz en el huerto y tuve miedo....y me
escondí» (Gn. 3:10). Antes de la Caída, cuando el
hombre vivía en una relación armónica y cercana con su
Creador, no existía la noción de ansiedad. Ésta aparece
tan pronto como el Pecado aleja al ser humano de Dios.
Por esta
razón, una respuesta adecuada al problema de la ansiedad
implica restaurar la relación personal con el Dios,
creador, fuente de seguridad porque «en Jehová el
Señor está la fortaleza de los siglos» (Is. 26:4).
Entendiendo el significado de la ansiedad
La ansiedad
no siempre es patológica. De hecho, hay un tipo de
ansiedad que actúa como un valioso estímulo en la vida
porque nos motiva. Es la fuerza que nos impulsa a
ocuparnos adecuadamente de personas o situaciones que lo
requieren. Un ejemplo de esta preocupación positiva
lo tenemos en la actitud de Pablo por las iglesias
en el versículo citado de 2 Corintios 11:28.
La palabra
usada aquí -<i>merimna</i>- es la misma que Jesús
utiliza en Mateo 6:25 para condenar cierto tipo de
ansiedad, lo cual nos demuestra que el problema no está
en la ansiedad en sí misma, sino en su contenido -el qué
nos preocupa- y en las actitudes que la rodean.
En su
sentido positivo, la ansiedad es una fuerza que nos
lleva a tomar decisiones y dar pasos necesarios para
afrontar mejor cualquier problema. Hasta aquí podemos
hablar del valor adaptativo de la ansiedad, la
«ansiedad buena» que es una herramienta necesaria
para la vida misma.
Sin embargo,
una cosa es ocuparse y otra preocuparse. La
ansiedad en su sentido más popular conlleva la idea de
una preocupación excesiva por el futuro, cercana al
miedo, que puede erosionar y hasta paralizar la
capacidad de lucha:
-
«Qué me
va a ocurrir? ¿Qué será de mi vida?
-
¿Cómo
evolucionará esta enfermedad?
-
¿Podré
trabajar?
-
¿Ganaré
lo suficiente para sostener a mi familia?.
Un sinfín de
incertidumbres pueden planear sobre nuestra mente en
algún momento de la vida. La inseguridad y el miedo
dominan los pensamientos en un círculo vicioso del que
no sabemos salir. Es como si el mundo se nos viniese
encima y nos aplastara. No olvidemos que la palabra
ansiedad -o su sinónima angustia- proviene de una raíz
etimológica que significa estrechez, desfiladero, algo
que ahoga u oprime.
Hemos de
combatir este tipo de ansiedad porque esta suele
actuar como un lastre en la vida.
Es
importante tener clara la enseñanza bíblica sobre la
ansiedad. Con frecuencia, conceptos erróneos son fuente
de sentimientos de culpa injustos. Debemos trazar una
distinción entre ser ansioso y estar afanoso (afanarse).
La diferencia es clara no sólo desde el punto de vista
semántico, son vocablos diferentes, sino también
conceptual, reflejan realidades distintas.
El
carácter ansioso. Ansiedad psíquica.
Se trata de
una forma de ser, un carácter, con una clara base
genética. Suele transmitirse de padres a hijos tanto por
herencia como por aprendizaje («contagio» emocional al
observar las conductas ansiosas de los padres). Son
personas que se preocupan desmedidamente por todo.
Anticipan los acontecimientos de forma pesimista y
exagerada. Siempre piensan lo peor.
Su mente
está llena de malos presagios; son especialistas en «terribilizar»,
es decir imaginan siempre lo más terrible. Nunca pueden
relajarse totalmente porque cuando han resuelto una
preocupación ya están pensando en la siguiente. Viven
sin tregua, de tal forma que raramente viven tranquilos.
El carácter
ansioso es un problema psicológico que puede mejorar con
ciertas técnicas. La terapia cognitiva, por ejemplo, que
consiste en enseñar a pensar de forma más positiva,
suele ser de ayuda. Este tipo de ansiedad, en sí misma,
no es un pecado porque no es incompatible con la
confianza en Dios.
Jacob,
David, Jeremías y otros hombres de gran fe pasaron por
momentos de mucha ansiedad, pero en medio de sus
angustias siguieron confiando en Dios de forma
admirable.
Como dijo
David, «Mas el día que temo, yo en ti confío»
(Sal. 56:3).
La
ansiedad a la luz de la Biblia
«No os
afanéis por el día de mañana». La ansiedad
existencial. A diferencia de la anterior, se trata de
una reacción de desconfianza ante el futuro, en especial
en los aspectos más esenciales de la vida: comida,
salud, abrigo, tal como Jesús señala en el Sermón del
Monte (Mt. 6:25-31). El verbo merimnao aparece hasta
cuatro veces en el texto y da la idea de estar muy
preocupado, abrumado, hasta el punto de generar
inquietud, desasosiego.
Es la misma
palabra que Jesús utiliza para reprochar a Marta su
actitud: «...afanada y turbada estás». Este
tipo de ansiedad es claramente condenada en la Biblia
porque en su base hay una falta de confianza en la
provisión de Dios. Implica, en la práctica, negar dos
atributos básicos del carácter divino: su fidelidad y
su providencia. Es hacer a Dios pequeño, convertir
al Todopoderoso en un «dios de bolsillo».
Si lo
anterior era más un problema psicológico que requería
tratamiento, la ansiedad existencial -el estar afanoso-
es un pecado que requiere arrepentimiento. Su mejor
tratamiento radica en poder exclamar como el salmista
con plena certeza: «Mas yo en ti confío, oh Dios, en
tu mano están mis tiempos» (Sal. 31:14-15).
No podemos
concluir sin mencionar el antídoto por excelencia
a esta ansiedad existencial: la oración. El apóstol
Pablo nos ha legado uno de los pasajes más luminosos
sobre el tema en Fil. 4:6-7: «Por nada estéis
afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones
delante del Dios y Padre en toda oración y ruego,
con acción de gracias»
Este
ejercicio espiritual combate la causa última de la
ansiedad descrita al principio: la separación de Dios.
Cuanto más aprendemos a desarrollar un sentido constante
de la presencia de Dios en nuestra vida, esto significa
la expresión «orar sin cesar»- tanto más vamos a
experimentar el bálsamo terapéutico de la paz de
Dios.
Pablo lo
describe con tal fuerza que sobra cualquier comentario:
«Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,
guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en
Cristo Jesús».
*****
Sobre el Autor:
Dr. Pablo
Martínez Vila
El Dr. Pablo
Martínez Vila ejerce como médico-psiquiatra desde 1979.
Realiza, además, un amplio ministerio como consejero y
conferenciante en España y muchos países de Europa. Muy
vinculado con el mundo universitario, ha sido presidente
de los Grupos Bíblicos Universitarios durante ocho años.
Se autoriza
la reproducción, íntegra y/o parcial citando siempre el
nombre del autor y la procedencia:
http://www.pensamientocristiano.com
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